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miércoles, 20 de mayo de 2015

Información.



Últimamente no subo casi nada al blog, apenas tengo tiempo e inspiración para dejar aquí unas palabras de las cuales podáis disfrutar.
También he estado pensando mucho en mi blog, en lo que significa para mi y como está estructurado. Creo que me gusta, aunque lo tengo un poco amontonado espero que también os guste a vosotros porque sois importantes para este blog. Bueno, quería deciros que tengo muchos apartados en el blog pero nunca me quedo contenta con lo que hago, siempre aspiro a más y siempre quiero adoptar más posturas con mi blog.
Así que ahora voy a abrir otra etiqueta, donde reseñaré libros que me he leído con anterioridad o que me estoy leyendo ahora. Seguramente se parezca a otros blogs literarios que hagan reseñas, pero por uno más no creo que pase nada. Lamentablemente esto lo quiero hacer para desestresarme tras haber leído un libro y no tener con quién compartir todo lo que he sentido, así que ahora mi blog será el medio perfecto para esto.

Muchas gracias a todos lo que me seguís y apoyáis, intentaré estar más activa a partir de ahora.

Un saludo, Sam.


sábado, 28 de febrero de 2015

Día 5.


Ese día había sido muy tranquilo. Xiel no había visto a ningún mellizo merodeando por sus cuadras, los caballos se habían portado bien. La comida era sublime, como si siempre se celebrara algo, por mínimo que fuera.
El muchacho se había sorprendido yendo a caballo por los alrededores, montando a Black para que no perdiera la costumbre, como el día antes había prometido Ciara a su dueño. Todavía le resultaba raro tener dos personas dentro de sí mismo, en realidad ser mujer no era tan malo, había conocido a un Nash encantador. El problema estaba en que una vez había empezado a trabajar como un hombre no podía cambiar, le echarían de inmediato y por raro que pareciera no quería irse, no aun, no sin saber qué sería de Nash.
En dos días había cogido cariño a ese joven de mirada triste y rota. No poder ver, le parecía el mayor castigo que tenía el ser humano, más que la muerte concertada como la suya. Sin embargo, había logrado apartar la tristeza ese día.
Como mozo de cuadras se había encargado del carruaje que ese día salía rumbo a la ciudad, pero no había podido ir en él. A la vuelta, a Mikka se le había caído una cinta de una sombrerera. Xiel había tenido intención de devolvérsela cuanto antes, pero no había sido así. Se la había puesto en la cabeza, con un lazo mal hecho. Le había gustado. Era de un color parecido al cielo, con reflejos blancos a la luz del sol invernal. Al final se la había quedado sin remedio, creyendo que esa chica tendría muchas más y no la echaría en falta.
Así había sido su mañana y tarde, sin sobresaltos y con un nuevo regalo que guardaba en el bolsillo de su chaqueta. No había pedido más, era suficiente para todo el resto de la tarde. Las nubes comenzaban a tapar el cielo y la puesta de sol, llenando todo de una fría aura. Xiel estaba acostumbrado al frío de las calles y no tuvo ningún reparo en salir a los jardines y caminar por ellos sin hacer nada en especial.
A pesar de ser invierno no había nevado por el momento, todo estaba con tonalidades marrones. Los arbustos habían perdido su abrigo de primavera, se habían quedado desnudos ante la mano de cualquier que quisiera hacerles daño. Xiel caminaba con las manos en los bolsillos, la oscuridad se cernía sobre él como un gato se agazapaba ante su presa, esperando el momento para engullirla sin hacer ningún tipo de ruido.
Entre la maleza seca, los pasos del muchacho quebraban ramas y hojas secas, restos muertos de antiguas vidas llenas de color y esplendor. Si Xiel estuviera en el pleno uso de sus poderes, cada paso suyo dejaría un manto verde y vigoroso, devolviendo la vida que poseía. Pero el joven aun no tenía su don, sólo habían pasado cinco días desde que su cometido había empezado a tejerse en un tapiz demasiado corto para su gusto.
Cuando la oscuridad poseyó el cielo, él andaba por uno de los jardines más largos, buscando la salida para volver a su cuadra y dormir, sería una noche fría y agradable entre sus queridas mantas, esas que había atesorado en cuanto llegó allí. Pero el camino era igual al resto, todos los árboles se parecían, todo le indicaba que estaba dando vueltas al mismo sitio sin darse cuenta. Intentó mantener la cabeza en su sitio, si se agobiaba no podría salir de allí tan rápido como hubiera deseado.
Tras conseguir trazar un plan para salir de su pequeño laberinto privado, empezó a andar contando los giros y vueltas, logrando avanzar por distintos caminos hasta que en uno se chocó contra la espalda estrecha de alguien y cayó de espaldas sobre el frío suelo, este crujió y alguien se dio la vuelta.
Los ojos verdes de Mikka brillaron en la penumbra. Se había asustado al sentir el golpe, pero ver a Xiel había logrado calmar parte de su sorpresa.
No esperaba encontrarse con nadie esa noche, no era su intención ser descubierta, ni siquiera por el mozo de cuadras. Ella tenía planes más interesantes para esa noche. Lucía un vestido morado y blanco, elegante. Xiel hubiera jurado que si no fuera por sus ojos tan verdes no la hubiera reconocido, pero lo había hecho. Cuando se puso en pie para recomponerse del golpe se dio cuenta de que era más alto que ella, solo unos centímetros separaban sus cabezas. Inconscientemente se echó hacia atrás y bajó la mirada para que no se notara que observaba de forma bastante descarada a esa chica. Sabía que esa noche no iba a salir nadie, siempre tenía el carro listo de antemano y esa vez todos dormían o estaban en sus habitaciones. Se preguntaba qué hacía Mikka vestida de esa manera y en el jardín.
–No miraba –se disculpó Xiel manteniendo su postura–. Está muy guapa, señorita Mikka.
Ella sonrió sin darse cuenta. Al vestirse se había visto bella, pero se alegraba de comprobar por ella misma que su conjunto había sorprendido a aquel chico. Pero no tenía tiempo para cumplidos y halagos, aún tenía que salir a las frías calles para ir a un baile, uno al que no habían invitado a su familia. Ella entraría con otro nombre gracias a un noble amigo suyo, pero escapar de casa no era tan fácil como había pensado.
Miró a Xiel y su sonrisa se transformó en una más amplia al pensar en el plan. Rápidamente se puso a su lado y enganchó su brazo al del muchacho.
–Tú has estado viviendo en las calles, ¿no? –preguntó tirando ligeramente para que anduviera a su paso. La pregunta no le gustó al muchacho, aunque obedeciera su silenciosa orden de caminar. Planeaba algo y lo notaba, le estaba utilizando para salir de esa casa.
–Hasta hace seis días –respondió conteniendo el aliento–. ¿Por qué lo pregunta?
–Tengo que salir, no conozco bien las calles por las noches y temo perderme. Así que si tú me llevas haré que aumenten su salario y tus comidas.
Chantaje, frío chantaje. Xiel creía que Mikka no era así, pero estaba equivocado. Todos buscaban lo mismo, buscaban aprovecharse de él para divertirse o salir, o las dos cosas a la vez. Pero veía la impaciencia y los nervios en los ojos verdes de la chica. Era la primera vez que Mikka desobedecía a su padre y se iba por la noche sin avisar a nadie, se notaba en el fuerte agarre al brazo de Xiel.
–¿Queréis que salga de la casa? ¿Y si decido no volver? –inquirió el joven caminando hacia la salida–. Vuestro padre cree que me escaparé, ¿vos no lo piensa así?
–Puede que lo hagas... Yo si pudiera ya me habría escapado de esta casa hace mucho tiempo –respondió Mikka, sorprendiendo a Xiel, mientras abría una pequeña puerta que estaba oculta tras unos arbustos–. Pero no puedo no volver..., la tumba de mi madre está aquí...
Xiel se mantuvo en silencio mientras andaban por la calle apenas iluminada por unas tristes farolas que desprendían su luz opaca hacia el suelo. Él no había quería tocar ese tema, no tenía intención de saber nada de los padres de los mellizos. Ahora se daba cuenta de la razón por la que Nash no recibía su comida cuando estaba enfermo o por la que Mikka se escapaba de casa. Ellos solo poseían un padre autoritario que no llegaba a preocuparse de ellos, solo del bienestar de su fortuna.
La sangre del muchacho hirvió dentro de sus venas y frunció los labios para mantener la boca cerrada y no hacer un comentario que pudiera espantar a esa chica.
–Pero tengo que ir a este baile, si logro colarme y parecer lo suficiente rica en algún momento un hombre con gran fortuna podrá pedirme la mano. ¿No sería fantástico? Así no perdería la casa y a mi madre –continuó explicando la muchacha con mirada soñadora mientras sonreía con tristeza.
–Creía que Nash heredaría la casa como hijo varón –comentó Xiel.
–También es el primogénito... Nació el primero y tiene ese derecho sobre mí. Me daría igual si la heredase él, es mi hermano –suspiró Mikka pensativa–. Pero no creo que pueda llegar a heredarla en el futuro.
El joven permaneció en silencio otro largo rato. Pensaba en sus palabras, enseguida encontró la explicación pero no quiso expresarla en algo. Nash moriría joven, antes de que su padre pudiera pasarle sus bienes y con ello la casa donde se habían criado los dos hermanos. Entonces entendió como Mikka se sentía tan eufórica por tener un matrimonio concertado, estaba dispuesta a sacrificarse para mantener esa mansión de piedra y grandes jardines. Había aceptado que el amor no estaría de su parte, puede que su futuro marido lograra enamorarla con el tiempo, pero ella no creía ni pensaba en el amor, pensaba en otro tipo de sentimiento.
Cuando se detuvieron, Xiel miró los grandes jardines que se abrían ante ellos, con rapidez un hombre pasó el nombre de Mikka a un papel y la invitó a entrar a la fiesta. Xiel se quedó fuera de la valla esperando. Estaba tan metido en la música del vals que cuando sintió el beso en la mejilla se giró de golpe para ver a Mikka sonriendo.
–Gracias por traerme, muchas gracias.
–Esperaré aquí a que vuelvas –murmuró el muchacho señalando una escalera–. Ni se te ocurra irte sin mí.
–Solo me iré si encuentro a un príncipe con el que volver en carroza –respondió con aire soñador mientras pasaba de nuevo ante la valla–. ¡Deseamos suerte!
Xiel le deseó la suerte que podía desear en esa situación. Se sentó en las escaleras y miró el jardín iluminado, algunas parejas andar y besarse a escondidas. Él nunca había besado a nadie, mucho menos ido a ese tipo de fiestas y dudaba que pudiera estar más cerca.
Se tocó los labios y miró su querida luna, un poco más blanca que el día anterior. Deseó en silencio que Mikka encontrara el amor de su vida y no a un noble rico.
Deseó poder ir y bailar por primera vez.

sábado, 14 de febrero de 2015

Día 4.


El sol envolvía a los establos brindando su luz sobre ellos y dándole un calor atípico en invierno. Xiel estaba cepillando al caballo que solía usar Nash, aunque el día anterior había comprobado que ese mismo animal había causado un mal irreparable en ese chico.
El joven no era capaz de imaginar cómo había sido perdonar al semental después de lo que había significado. En poco tiempo había creado un vínculo con los animales, pero de igual forma ellos no le habían dañado en ningún momento, salvo ese día.
Cuando cepillaba los cuartos traseros de Black, el caballo azabache de Nash, este se puso a dos patas haciendo que se asustara y cayera de espaldas sobre uno de los cubos de heno, rompiéndolo y escuchando un chasquido en su mano derecha. Seguidamente soltó un alarido cuando volvió a moverla, estaba hinchada y supuso que se la había dañado al caer. Lamentándose, se puso en pie y observó al animal, volvía a estar relajado, como si no se hubiera asustado de nada minutos antes.
Xiel se sujetó la mano como podía, salió de la cuadra y luego del establo. Nunca se había dañado, no podía y eso era nuevo para él, por eso fue rápidamente al lago. El cielo estaba tan azul que la superficie del agua registraba cada rayo desprendiendo luz de colores allá donde chocaba y se podía ver. El viento formaba pequeñas ondas que desaparecían cuando alcanzaban la orilla. Xiel metió la mano bajo el agua, pidiendo en silencio que su capacidad de entrar en su organismo pudiera sanar su muñeca herida. Solo pasaron unos segundos cuando varios rayos de luz solar se concentraron sobre su blanca piel bajo el agua y esta se calentó considerablemente provocando un consuelo agradable al muchacho.
La magia siempre había vivido a su lado, desde que tenía memoria había estado envuelto en su brillo y protección. Una vez hubo crecido comprendió que la magia solo era la energía que le rodeaba, que estaba en el ambiente y que no era capaz de ver, sin embargo, comprendió que podía manejarla como quisiera y podría crear cualquier cosa que estuviera en su imaginación.
–¿Qué haces, Ciara?
Xiel se giró de golpe al oír esa voz, se tropezó y metió los pies en el frío lago helado. Frente a él, Nash intentaba observarlo, pero estaba claro que su problema iba a más cuando le había confundido con Ciara, la chica que había compartido parte de la tarde con él el día anterior.
Rápidamente se puso recto, dio un par de pasos atrás saliendo del agua y bajó la mirada todo lo posible para que no fuera capaz de reconocer la verdad, eso solo causaría problemas graves en su vida y ya tenía bastante intentando huir de esa casa de locos.
–Como quieras –prosiguió el muchacho–. Estaba buscando a Xiel para que ensille a mi caballo, ¿lo has visto?
Él apenas podía respirar, mucho menos cambiar la voz en ese momento. Tomó unas cuantas respiraciones profundas para tranquilizarse y luego se alborotó el cabello para que pareciera más espeso y así pudiera parecer más mujer de lo que ya era por nacimiento.
–Creo… que ha ido a por paja para los caballos… Si quieres lo ensillo yo –dijo todo lo femeninamente que pudo.
La sonrisa de Nash se hizo más amplia, se preparó para decir algo y enseñó los dientes impolutos. Eso solo puso todavía más nervioso a Xiel, que intentó no parecerlo en exceso y así no echarlo todo a perder.
–Con una condición –sonrió el muchacho dirigiéndose a Xiel creyendo que era otra persona–. Monta conmigo.

***

Xiel no había esperado que al final acabara discutiendo sobre cómo debía ir montado en el lomo del caballo. Le había costado gran parte de su tiempo convencer a Nash de que no iba a sentarse como esas chicas que no sabían montar y tenían que ir de lado, protegidas por el hombre. Xiel no era así, ella ansiaba ser lo más normal posible. Finalmente lo consiguió con la condición de que fuera delante de Nash y así él pudiera evitar caídas.

Por fin estaban cabalgando por el bosque, realmente era un paseo, no corrían ni forzaban al animal. Ambos jóvenes estaban callados mientras el que poseía las riendas hacía uso de todos sus sentidos ya que volvía a sentir que se le consumía el tiempo de poder hacer aquello que más le gustaba en el mundo. Por otra parte, Xiel, se mantenía tenso contra el pecho de Nash, intentando no incomodarse más o que no se diera cuenta de que esa situación era aún peor de lo imaginado. Usaba parte de su recién adquirida energía de la luna para quitar del camino cualquier obstáculo que pudiera derribarlos, era lo menos que podía hacer estando montado de aquella manera tan surrealista.
A medida que se adentraban en el bosque, y con ello en los límites de los terrenos que poseía Nash, Xiel miraba todo con más atención, buscando un sitio donde pudiera llevar a cabo su últimas voluntades antes de que pasaran los días finales y todo su mundo acabara. El bosque era un sitio amplio con grandes lugares despejados donde podría hacer uso de sus poderes y con un poco de ayuda lograr un santuario purificador. Era su cometido y ese paseo la única excusa que tenía para poder observar todo sin que pudiera parecer sospechoso, aunque si buscaban al mozo de cuadras estaría acabado porque no estaba en su puesto de trabajo.
–¿Qué te preocupa? –preguntó la voz tranquilizante de Nash en su oído. Xiel casi se cayó del caballo al sentirlo e instintivamente su corazón se aceleró–. Estás muy callada.
Xiel recordó que debía ser Ciara en ese momento, que no podía dar a entender que era un chico porque entonces acabaría con todo lo que conocía antes de tiempo.
–Solo pensaba...
–¿En qué? –urgió en preguntar el muchacho.
Xiel sonrió sin esperarse que ese chico que un par de días atrás le había avergonzado con una fusta pudiera estar tan interesado en sus palabras.
–En cómo eres capaz de montar de esta manera teniendo tu problema...
Nash soltó un suspiro y dejó mostrar parte de sus temores por la tensión de sus brazos en torno a las riendas cuando Xiel soltó esa pequeña puya que caló en el corazón de Nash.
–Conozco el camino de memoria y Black se lo sabe también... Antes podíamos ir galopando pero ahora es casi imposible –se lamentó el muchacho.
Xiel guardó silencio y siguió mirando el paisaje, buscando algún lugar idóneo para escapar. Era su cometido a pesar de que le gustaba estar montando a caballo con ese chico, a pesar de tener un plato de comida caliente todos los días y mantas para taparse las frías noches. Por más que pensaba que todo eso era insignificante sabía que formaba parte de algo que había ansiado durante muchos años en los que podría haber muerto si no fuera por la luna que cuidaba de él en lo alto del cielo nocturno.
Estaba tan metido en sus pensamientos que no se dio cuenta de que el caballo azabache había parado y a su espalda ya lo había nadie guiándolo. Por un segundo se desorientó tanto que tuvo miedo a haberse perdido en ese bosque, pero luego sintió una mano en su espalda y giró la cabeza para ver a Nash en el suelo intentando bajarle.
Hizo lo propio y sacó la pierna de uno de los costados del animal para poder bajar, su intención fue hacerlo por sí solo pero las manos del chico asieron sus caderas y las alzó en el aire elevándole por completo hasta que segundos después se encontraba contra su pecho con los pies en la tierra húmeda y esponjosa de al lado de un riachuelo.
Xiel se había sonrojado ligeramente por la cercanía y a Nash le había salido una media sonrisa que se definiría con el canto de los pájaros que acompañaban la escena desde lo alto de los árboles cercanos. Xiel agradeció, avergonzándose aún más, que Nash se estuviera quedando ciego para no tener que ver sus mejillas como candiles recién encendidos, pero seguramente podría notar su corazón y así era aunque no dijo nada cuando liberó a la que creía que era Ciara y no Xiel, su mozo de cuadras.
–Black descansará un poco y luego volveremos –explicó el muchacho girándose.
Xiel se había quedado quieto, mirando el paisaje y descubrió que era perfecto, que era un claro con árboles altos y un riachuelo cristalino, había troncos tumbados por todos lados y florecillas que crecían a la luz del sol.
–Este sitio es precioso –comentó girando sobre sus pies–. ¿Pertenece a vuestra casa?
Nash siguió acariciando el costado de su caballo con los ojos entrecerrados mientras escuchaba.
–No, estamos en el límite –respondió tranquilamente–. Y deja de llamarme como si fuera alguien importante.
–Soy vuestra criada –recordó acercándose al caballo también aunque manteniendo una distancia prudente–. No puedo llamaros de otra manera.
Él sonrió y se giró con una mueca.
–¿Tan feo es mi nombre que no me puedes llamar Nash, Ciara?
Xiel se sonrojó al oír su nombre, no le molestaba llamarle de otra manera pero era más complicado de lo que parecía llamar a una persona que podía conseguir su despedido por su nombre.
–No es feo... Pero no estoy a tu nivel..., Nash.
La sonrisa del muchacho al oír su nombre fue radiante, capaz de eclipsar el sol del mediodía. Xiel se había sonrojado otro tanto y seguía acariciando las crines de Black intentando calmarse. Entonces sintió la mano cálida de Nash y apartó la mano tras unos segundos innecesarios por su parte. Cualquier error podría hacer que la cocinera saliera perdiendo, si no hubiera sido por el plan de ponerla un vestido el día anterior estaría todo más tranquilo y sería más sencillo para sus vidas.
–¿Cuánto ves? –preguntó Xiel bajando la mirada.
Nash alzó la mirada al cielo, luego al pelaje de su caballo y finalmente a la cara de Xiel, buscando una manera de enfocar sus rasgos.
–Hace un par de días veía borroso, cuando me desperté ayer ya no veía ningún contorno y hoy solo veo luces y sombras. En menos de una semana todas las luces se habrán apagado para siempre y no podré hacer nada para evitarlo –explicó Nash con la voz ahogada y algo rota. Sufría, se le notaba a leguas pero no podían hacer nada por él. Tenía una enfermedad y no había medios para saber de qué detestaba exactamente para conseguir un medicamento–. Es raro. Sé que me voy a quedar ciego para siempre y no puedo luchar contra ello.
–Lo siento, Nash. No quería incomodarte –se disculpó Xiel bajando la mirada.
–No importa, es mi realidad. Ojalá pudiera verte bien y guardarte en el recuerdo... Antes dibujaba y leía, ya tampoco puedo hacerlo y no me importa tanto como perder a Black. Si nadie le monta mi padre lo venderá o lo sacrificará.
Xiel se había quedado en silencio mientras miraba a ese chico a los ojos y observaba su dolor oculto tras las sombras. En parte podía entenderle, él mismo había echado muchas cosas de menos a medida que el tiempo iba pasando por su vida y el día de su final se acercaba poco a poco, apenas tenía veinte días para que se apagara como la llama de una vela.
Quiso abrazarle, pero no pudo tampoco. Se sentía incómodo y todavía no se acostumbraba a tener que ser una chica con Nash. Llevaba mucho tiempo pensando que ser hombre era lo que le estaba salvando de ser violada en las calles, pero ahora le salvaba de ser echada de esa casa a pesar de todo le vendría bien en algún momento dar a conocer su verdadera condición. Xiel no era más que un invento para no ser violada en las noches frías, Xiel no existía y realmente Ciara estaba encerrada en una gran cápsula segura, sin llegar a poder ser ella misma nunca, sin querer serlo porque ya no se sentía mujer y no quería volver a su debilidad. El mundo era cruel con las huérfanas, ella misma lo había visto y lo había sentido en su piel. Eran cosas que, al recordar, ponían otra capa en la cápsula dejando atrás a la chica que un día pudo haber sido.
Salió de sus pensamientos cuando la mano gélida de Nash tocó su mejilla y dio un brinco en el sitio sin saber lo que había pasado. Su compañero sonrió al notar el movimiento y luego negó, divertido a pesar de todo el dolor que debía de estar sintiendo, sin tener en cuenta que su vida iba a cambiar. Xiel lo envidiaba, lo hacía su corazón sin hacer caso a su cabeza.
-Xiel cuidará de Black –murmuró intentando parecer tranquilo ante todo, poco a poco se habían ido derritiendo las capas de su cápsula y debía volver a colocarlas antes de que fuera demasiado tarde para todos.
-¿Lo conoces? –preguntó Nash con curiosidad-. No creo que un simple mozo pueda entender un caballo como Black. Además, no me gusta que se acerque.
Dio gracias de que Nash no pudiera ver cómo arrugaba la nariz y fruncía el ceño, no le hubiera gustado tener que explicar lo que le hacía sentir eso. Ella era Xiel, él era Ciara. Las dos personas estaban en el mismo cuerpo y estaba claro que Black adoraba a la muchacha porque como Xiel se dejaba cuidar. Aun así no le había gustado el comentario y aprovecharía su condición para hablar de sí mismo por una vez.
-Hemos hablado todos los días desde que llegó, se podía decir que somos íntimos. Siempre le veo con tu caballo, parece que se llevan bastante bien a pesar de tus pocas expectativas -murmuró Xiel cruzándose de brazos.
-¿Es tu amigo? -preguntó entornando los ojos, algo molesto e intentando ocultar ese sentimiento de celos recién adquiridos. Pero Xiel no estaba pendiente de eso precisamente, intentaba ponerse algo de importancia a si mismo.
-Un buen amigo -respondió negando-. No le conoces para criticarlo.
Nash había dejado caer los brazos, entre sorprendido y molesto por sus comentarios, pero no tenía intención de admitir que sólo le había molestado que le gustase una fusta como juguete, ni mucho menos que él hubiera sido el responsable de este descubrimiento. No entendía como una chica como Ciara había acabado siendo amiga de un chico como Xiel.
Entonces por un segundo temió de verdad.
-¿Te gusta?
Xiel casi se ahoga con su propia saliva al escuchar eso, tuvo que toser un par de veces para no atragantarse. Era lo que le faltaba por oír en ese día soleado de invierno. Estaba claro que Xiel no estaba a su alcance porque no existía realmente, además era él mismo transformado en otra persona para garantizar su seguridad en las calles.
-¡No! Solo es un amigo -respondió ruborizada-. Y tampoco debe importante la relación de tus criadas con otros criados.
-En eso tienes razón y temo que mucho estoy haciendo para lograr conseguirte como amiga.
El alma de Xiel se cayó al suelo y se rompió soltando pedazos por todos lados. No se había fijado en que Nash estaba solo, siempre lo había visto solo en esos días y seguía montando solo a caballo. Nadie sabía de su ceguera y se sintió mal por no haberse dado cuenta de que seguramente fuera la primera persona que se enteraba de todo. Pero él no tenía ni idea, actuaba sin pensar e intentando proteger su coartada perfecta, el maquillaje de la ilusión que había creado con dificultad y cariño hasta el punto en el que adoraba ser Xiel y odiaba estar en la piel de Ciara metido todo el día.
-Tampoco soy muy buena compañía... -murmuró Xiel intentando calmarse como buenamente pudo.
-Dentro de poco no tendré ninguna. Eres perfecta.
Eso hizo sonrojar aún más a Xiel, que dio un paso hacia atrás chocando con el costado de Black, haciendo que éste empujara a Nash con el hocico y perdiera el equilibrio hasta caer al suelo. Sacudió la cabeza y su pelo rubio se desordenó por completo, al poco tiempo estalló en una risa y Xiel lo acompañó mientras se sentaba a su lado y se quedaban así, riendo y disfrutando toda la tarde.

***

Ya por la noche Xiel dormía en el montón de paja con la manta hasta la nariz. Tenía una sonrisa tranquila y las mejillas aun sonrojadas. Había pasado un día increíble junto a Nash y nadie había mermado su felicidad, ni siquiera la luna y sus pesadillas nocturnas. No, esa noche solo la dedicaría a soñar con los recuerdos adquiridos esa tarde.

viernes, 23 de enero de 2015

Día 3.


Había sido una mañana bastante tranquila para toda la casa. El cielo amenazaba lluvia por lo que nadie había salido a cabalgar, esto agradaba a Xiel que solo había tenido que alimentar a los animales. Después había ido a la cocina y se había servido un plato de copos de avena, una fruta y un vaso de leche. Esto era lo que debía desayunar todas las mañanas, ese día estaba encantado porque apenas había revuelo en la cocina, solo estaba Ginna allí por lo que podía tranquilizarse. En los tres días que llevaba en esa casa, la mujer se había convertido en un pilar para él mientras buscaba su salida de esa cárcel disfrazada de gran casa señorial con bonitos jardines.
Comía sin ganas a pesar de todo, la comida de la cocinera estaba buena, no lo dudaba, pero quería su libertad a toda costa antes de que alguien pudiera encariñarse de su persona, podía pasar y temía que Mikka estuviera haciéndolo sin darse cuenta.
–¿Pensando en asuntos de faldas? –preguntó Ginna sentándose a su lado.
Xiel levantó la cabeza de golpe, mirando los ojos viejos de la cocinera y dedicándole una sonrisa mientras negaba.
–Todo lo contrario. No me interesan las faldas de momento –respondió.
–Es una pena, tienes unos rasgos muy apuestos... Ya me gustaría a mí ser más joven para poder aprovechar tus visitas a esta vieja momia.
–No eres una momia, Ginna –recordó el joven apartando el plato sin ningunas ganas. Tenía cosas que hacer y poco tiempo que perder–. Me vuelvo a las cuadras, tal vez el señorito Nash cabalga por la tarde.
–Hoy el señorito no va a salir de su habitación –le comentó la cocinera a Xiel cuando éste se levantaba–. Ha pedido que nadie le moleste, lamentablemente no quiere bajar a desayunar y así nunca va a recuperarse del todo.
El joven observó la mirada de Ginna. Sabía que la cocinera tenía un trato directo con todos los de esa casa, que era querida y respetada por todos los años que estaba allí sirviendo y seguramente seguiría después de no poder andar sin ayuda de un bastón. Xiel observó la cocina, estaba sola ese día y no entendía la razón ya que siempre había alguna sirvienta limpiando los platos o el suelo, incluso cuchicheando en algún rincón de ese sitio.
Cuando miró a Ginna a los ojos supo que nada bueno se le podía ocurrir, brillaban y se había levantado de la silla de su lado casi derribando el poco contenido que había dejado en su razón de copos. Desapareció después por una de las puertas y Xiel se quedó quieto allí. Pudo haberse ido pero algo le decía que Ginna quería algo de él, para bien o para mal debía ayudarla como ella había hecho esos días cuando llegó a su nuevo hogar.
Se recorrió toda la cocina, al principio confuso y luego con una gran curiosidad por ver cómo funcionaban los fuegos, como bullían las cacerolas y el olor a hierbas que había por todos lados. Era un sitio agradable y cálido, no como su cuadra. Cuando sintió unos golpecitos en su hombro y se giró para ver lo que pasaba dio un par de pasos atrás confuso.
Ginna estaba sonriendo como nunca, portaba un vestido azul grisáceo con una falda amplia pero lisa, un pequeño corsé hasta la cintura y mangas cortas. Instintivamente el chico se había echado hacia atrás al verlo sin saber muy bien qué decir ni qué hacer.
–Era de cuando podía ponerme estas cosas sin parecer carne embutida –explicó Ginna–. Necesito que me hagas un pequeño favor.
–No creo que me guste...
–Tienes un cuerpo perfecto para el vestido, se puede ajustar al pecho aunque no tengas, el color te hará más atractivo...
Xiel había abierto sus ojos castaños y había negado, le incomodaba esa situación. Dudaba por como hablaba Ginna que hubiera descubierto que bajo sus ropas holgadas se encontraba una mujer, aun así ese vestido no podía traer nada bueno.
–El señorito Nash solo recibe criadas o a las hijas de estas cuando está enfermo... No quiero que enferme más, al final se morirá si sigue así... –susurró apenada la cocinera–. Es como mi hijo desde que la señora murió, le prometí cuidarlo hasta el fin de mis días en esta casa...
–No sé si es una buena idea, Ginna...
–Solo tienes que ponértelo y llevarle algo de sopa caliente para que coma. A ti te hará caso, no se resiste a las criadas –aseguró la mujer.
Xiel negó instintivamente. La resistencia no era problema para él, si se enteraba estaría despedido y en la calle... Después de ese razonamiento sonrió y cogió el vestido sin decir nada. Se fue a la habitación y se quitó sus ropas masculinas para vestirse de lo que era en realidad. El vestido cayó por sus caderas sin hacer ruido, se puso las mangas correctamente y sacudió su cabello corto con las manos para despegarlo de la coronilla. Allí no había espejo, por lo que no pudo verse y cuando salió los ojos de Ginna mostraban sentimientos contradictorios que le habían templar a cada paso que daba.
–He cogido unos zapatos de ahí –murmuró Xiel con las mejillas sonrojadas.
La mujer seguía con la boca abierta mientras observaba como el vestido encajaba en Xiel como si de verdad le perteneciera, le daba un toque perfecto para hacerse pasar por mujer y poder entrar. Vio cómo el muchacho se daba la vuelta y señalaba las cuerdas aun sin atar. Ella rápidamente ajustó cada una de ellas creando lazos y nudos, haciendo que el vestido se ciñera al cuerpo del muchacho de una manera impresionante.
–Lo único que pasa es que tengo el pelo corto –susurró Xiel al girarse de nuevo, haciendo una mueca que sonrojó a la mujer.
–No... Así estás perfecto... Eres precioso...
Xiel había sonreído con timidez al principio, era la primera vez que se sentía bien con un vestido, allí nadie podría hacerle daño por ser una mujer y nadie lo comprobaría realmente.
Después de las primeras impresiones, Ginna, había preparado una bandeja con lo que su niño convertido en bello cisne debería llevar a Nash, sabía que este se iba a alegrar. Tras darle la bandeja y comprobar que ni siquiera tenía que pellizcar las mejillas del joven gracias a su sonrojo natural le había indicado donde estaba la habitación del señorito y le había dado la buena suerte una vez se había internado en el pasillo interior de la casa, dejándole solo y desprotegidos.

***

Por suerte el equilibrio de Xiel no se vio alterado por el vestido. Caminaba con gracia por los largos pasillos de la casa, admiraba los cuadros y telas que cubrían algunas paredes a modo de decoración. Tenía que recordar que ser una criada le obligaba a hablar y actuar de otra forma, solo debía darle la bandeja a Nash y todo iría bien, saldría ileso.
Tras una buena caminata encontró la puerta que había nombrado Ginna. Llamó un par de veces pero el silencio le devolvió la respuesta. Impaciente recordó que la cocinera le había indicado que entrara, que no le iba a pasar nada si no mostraba que era Xiel en realidad. Él abrió la puerta y se asomó ligeramente mientras tocaba un par de veces más con insistencia.
El cuenco con sopa casi se derrama cuando Xiel vio a Nash, pero este no miraba en su misma dirección. El joven muchacho que había tratado tan mal el día anterior a Xiel miraba al exterior, sentado en una silla al lado de la ventana. Aun llevaba puesta la ropa de cama y los cordones que sujetaban el cuello estaban sueltos dejando ver su piel blanca relucir por el poco sol que entraba. Pero no solo esto sorprendió a Xiel, en la mano de Nash había un cigarrillo encendido que se llevaba a los labios aspirando y luego soltando una nube de humo blanco sin inmutarse.
En ese momento Xiel dio un traspié con la alfombra e hizo sonar los cubiertos sobre la bandeja. Nash se giró soltando el humo del cigarrillo y entornó los ojos buscando a la culpable del ruido. Sin embargo, sólo logró ver a una chiquilla borrosa. Se puso en pie y aplastó el cigarrillo sobre la superficie de madera que utilizaba para dejar la ceniza mientras el papel y el tabaco se consumía poco a poco entre sus labios. Lentamente se acercó a Xiel, este no se había movido cuando observó que se acercaba, sus piernas se habían quedado clavadas al suelo mientras observaba como la camisa se abría ligeramente en el cuello a falta de sujeción. Segundos más tarde tenía la mano de Nash sobre el mentón y sus ojos intentaban meterse en su interior, pero Xiel pudo ver las sombras grises en los ojos de Nash, como se intentaba esforzar por buscar los detalles de su cara como si jamás se hubieran visto a pesar de haberlo hecho.
–¿Quién eres tú? –quiso saber el muchacho evaluándole.
–Soy una sobrina lejana de Ginna –respondió Xiel conteniendo el aliento–, me llamo Ciara... Mi tía me ha pedido que te traiga la comida porque informa que no ha comido nada desde la cena del día anterior.
El muchacho siguió mirándola con intensidad, se había fijado en los movimientos de su boca, en los ojos castaños de Xiel mientras él aguantaba la respiración intentando mantener la calma en esa situación tan precaria para él. Cuando le soltó su alivio no se manifestó, en cambio la inquietud y necesidad se adueñaron de las células de su piel que reclamaban el contacto eléctrico de Nash unos segundos más. Cuando el muchacho se alejó lo suficiente su concentración volvió a la normalidad y dejó la bandeja sobre la mesa intentando no volcar su contenido.
–Te la puedes llevar –informó Nash–. No quiero comer.
–Pero Ginna ha dicho que no has comido replicó Xiel girándose para mirarle a los ojos–. Todos necesitamos comer para seguir adelante.
Los ojos de Nash relucieron con un brillo opaco y verde apagado, Xiel nunca los había visto así, ni siquiera el día que le adoptaron y pensó que ya había visto el dolor en los ojos verdes de ese joven. Pero se estaba equivocando, no había visto nada real ese día, salvo en ese momento cuando una mirada perdida atrajo a la de Xiel. En ese segundo supo que Nash tenía sufrimiento en su mirada y que lo escondía tras una puerta en la que no había dejado entrar a nadie, tampoco a Xiel si no hubiera sido por su disfraz de criada.
–¿Y si yo no quiero seguir hacia delante? –preguntó Nash al cabo de unos segundos–. ¿Y si una persona sabe que va a perder todo, incluso lo más preciado para ella, con el tiempo?
–Nacemos para morir, señorito Nash –respondió en desgana Xiel. Dio un paso hacia delante, pero vio como su interlocutor se alejaba otro tanto y se mantuvo quieto para no aumentar el abismo que les separaba–. Es la ley. Nuestra vida dura la que dure sin que nosotros podamos hacer nada. Al final el dinero, las fortunas, las tierras o una mujer no le harán feliz por más tiempo del que puedan durar también.
Nash mostró un atisbo de sonrisa, pero apenas duró unos segundos cuando Xiel pudo ver como se miraba la mano con intensidad. Era como si buscara lunares invisibles en una piel blanca y con rozaduras por las riendas de los caballos. Pudo ver como una tortura invadía la mirada se Nash a cada segundo que pasaba, incluso preocupándose.
–¿Crees que porque sea rico el dinero es lo que más me importa? –preguntó al rato Nash.
Xiel así lo pensaba, mirando la habitación, la comida, las ropas que poseía... Creía que ser rico le hacía mimado y egoísta, pero no se esperaba esas palabras saliendo de la boca de Nash sin ninguna felicidad. El muchacho se acercó a su señor y esta vez se pudo acercar lo suficiente como para ver lo que mirada, entonces se llevó una mano a la boca por la sorpresa y tristeza.
–Lo siento, señorito Nash. No era mi intención...
Durante unos segundo Nash había cerrado los ojos y había respirado profundamente antes de abrirlos y observar la cara borrosa de Xiel, que para él era Ciara. Le resultaba familiar pero en su estado no podía comprender cuánto en realidad. Dejó caer las manos y sacudió la cabeza soltando el aire que albergaban en sus pulmones.
–Nadie tiene la intención nunca –respondió este negando–. Tú no informes a nadie de lo que has visto y no haré que te echen.
Xiel hizo una mueca porque si mandaban echar a Ciara la única perjudicada sería Ginna al ser la tía de esa chica imaginaria.
–¿Puedo preguntar cómo le pasó? –dijo Xiel encontrando parte de curiosidad en el rencor y la preocupación que tenía hacia esa persona.
–¿No lo estás haciendo ya? –preguntó a su vez Nash.
–Tal vez sí...
–Un problema en la sangre y una mala caída del caballo –respondió el joven encogiéndose de hombros.
Xiel volvió a mirar su cara, sus ojos opacos y el resto de esperanza que le quedaba en ellos. No lo entendía, no podía creer que tras esa experiencia y lo que había sufrido siguiese montando sin importarle.
–¿Por qué monta a caballo aun si fue justamente eso lo que provocó su problema? –se atrevió a preguntar Xiel.
Nash sonrió mirando sus ojos castaños.
–Me hace sentir libre.

***
Una fina línea blanca iluminaba el cielo nocturno junto a las estrellas. Xiel estaba tumbado sobre las briznas de hierbas mientras absorbía de su preciada luna los rayos que empezaban a crecer de nuevo. Hacía viento y movía el agua de la orilla, sus ojos seguían recordando la conversación de esa mañana con Nash.
–Libertad –se dijo para sí mismo–. Todos queremos conseguirla... ¿Eres tú mi libertad, querido cuerpo que ilumina mis noches en vela?

lunes, 12 de enero de 2015

Día 2.


Apenas el sol había comenzado a salir cuando el agua cayó sobre Xiel y le despertó de su sueño. Habría gritado y matado a alguien si no fuera porque Nash estaba sonriendo y sus ojos verdes atraparon al muchacho. Rápidamente se cubrió con las sábanas, preocupado de que pudiera dar la imagen de una mujer y que le descubrieran. No sabía qué hora era, pero el cielo aun estaba grisáceo y su cuerpo reclamaba un par más de horas de sueño por los menos.
Nash lo había encontrado divertido, reírse del mozo, hacerle la vida imposible y torturarle hasta que su padre lo enviara de nuevo al orfanato de donde había salido en un primer momento. Dejó el jarro de agua sobre la mesita y se dirigió a la puerta, abriéndola y mirando atrás.
–Tienes cinco minutos para preparar mi caballo –ordenó dando un portazo.
Xiel se había levantado confuso y maldiciendo, la luna estaba de nuevo ejerciendo su fuerza y tenía que mantenerse despierto a causa de que el niño pijo y mimado de esa casa quería montar a caballo antes de que siquiera los pobres animales se hubieran despertado. Casi corriendo se puso unos pantalones oscuros y se remetió la camisa blanca y holgada por ellos. Las botas fueron después, nunca había tenido un par así y le resultaron un tanto raras mientras colocaba su pelo frente al pequeño espejo en una de las paredes.
Cuando salió vio a Nash acariciar la cabeza de un caballo negro como la pez. Estaba relajado y se notaba en sus hombros caídos, en sus ojos semicerrados, en su sonrisa deslumbrante que hizo que Xiel casi se tropezara con un cubo de avena por no mirar donde pisaba. Provocó la risa nuevamente del muchacho, Nash había vuelto a su actitud engreída cuando había escuchado que Xiel estaba allí. Lentamente cogió la fusta que usaba con su caballo y dio un par de golpes suaves a la palma de su mano mientras le miraba con regocijo.
Xiel se acercó intentando no pensar en su tropiezo, enseguida había bajado la cabeza y no había visto el arma de Nash. Abrió la puerta de la cuadra y cogió la silla de montar que descansaba cerca de esta. Se puso frente al lomo del animal y alzó los brazos para colocar la silla, entonces lo sintió y su corazón se paralizó.
La fusta bajaba lentamente por su espalda, de forma directa, firme y silenciosa. Xiel se puso tenso e intuyó la sonrisa prepotente de Nash, sin embargo, él solo sentía un cosquilleo inevitable. Su cuerpo reaccionó cuando el extremo del instrumento llegó a la parte baja de su cintura, pequeñas descargas eléctricas descendieron por su cuerpo hasta que el calor empezó a crear perlas de sudor en su frente que se deslizaron lentamente hasta las puntas de cabello, mezclándose con el agua del jarro. Sus pupilas se habían dilatado ligeramente y sus manos seguían aferrando la silla mientras sus piernas se convertían ligeramente en dos cuerdas de violín rotas que se balanceaban.
–Enfermo -masculló Nash al comprender lo que ese muchacho sentía y pensaba, quitando la fusta.
Xiel sintió el ataque en lo más profundo de su corazón y se giró para verle, las lágrimas estaban asomando en sus pequeños ojos castaños y amenazaban con desbordarse por sus mejillas. Fue un segundo lo que tardó en establecerse el contacto visual, en estremecer a Nash y provocar que su corazón se encogiera al ver las lagrimas en la cara ligeramente sonrojada de ese chico antes de que huyera de su vista, corriendo hacia el exterior de las cuadras y dejando al joven de ojos verdes desconcertado junto al caballo negro que había observado la conexión y el dolor de esos dos jóvenes por primera vez.

***

Esa misma mañana después de que el sol se pusiera en lo alto, Xiel seguía escondido. El ataque de Nash le había avergonzado, no se podía haber defendido ni aunque quiera porque sabrían que era una mujer en realidad, aunque que ese niño mimado pensara que le había gustado su juego con la fusta como hombre tampoco le gustaba.
Las lágrimas habían ido apareciendo a la largo de la mañana, la frustración y el rencor crecían en su corazón y por eso las plantas se alejaban de su persona todo lo posible, cualquier ser vivo dejaría a Xiel tranquilo en su intranquila paz interior. Pero no todos eran Mikka, la melliza de Nash. Ella había estado siendo curiosa tras sus clases, había ido a la cocina para preguntar por el nuevo sirviente pero Ginna le había informado de que no había ido a la hora de almorzar. Por eso mismo ella había ido a las cuadras, había supuesto que cualquier huérfano querría comer después de su etapa en el orfanato. Al entrar su nariz se arrugó por el olor a animal, pero hizo de tripas corazón y fue hasta la habitación asignada a Xiel, estaba completamente vacía. Salió de allí mucho más rápido de lo que había entrado y respiró el aire fresco mientras pensaba otro sitio para ir a buscar al mozo. Finalmente, decidió que el lago era buena opción, además, a ella le gustaba ir allí de vez en cuando.
Se recogió los bajos del vestido y fue andando entre la baja maleza hasta que escuchó un sollozo. Varios lamentos más llegaron a sus oídos mientras se acercaba con lentitud. Detrás de un árbol pudo observar como el muchacho lloraba con la cabeza entre las rodillas, todo a su alrededor lloraba también. Mikka acabó por ponerse frente a él y hacer que su vestido barriera el suelo mientras se arrodillaba. Con cuidado estiró la punta de los dedos y sujetó la barbilla de Xiel para alzarla. Este no se sobresaltó porque había estucado el ruido de los pasos, tampoco había dejado de llorar cuando observó los ojos idénticos a los de Nash pero en otro cuerpo. El corazón de la joven se había encogido ante las lágrimas de su criado, jamás había visto nada más bello que el rostro de Xiel surcado por pequeñas gotas saladas.
Una temblorosa lágrima bajaba por su mejilla cuando los labios de Mikka se posaron en esa zona y desapareció haciendo abrir los ojos de Xiel de manera considerable, sorprendido por ese trato.
–No llores, pequeño Xiel –susurró Mikka cerca de la piel del muchacho, disfrutando de la lágrima entre sus brazos, del aroma a paja e hierba que emanaba ligeramente.
Separándose de él pudo ver que había dejado de llorar, haciendo que ella sonriera satisfecha al comprobar que había funcionado ese truco de sorpresa para animarle.
–Entiendo que estés mal, este no es tu hogar pero podrás ser feliz con nosotros.
Xiel supo en ese instante que creía que lloraba por su salida del orfanato y la despedida de sus amigos inexistentes. Aprovechó porque dudaba que hablar de su hermano pudiera agradar a cualquiera, ellos era superiores a él.
–Este no es mi lugar –susurró con la mirada baja–. Quiero mi libertad...
–¿Libertad? Ahí fuera te matarían, las calles no son seguras para niños sin padres, sin un hogar. Aquí tienes ambas cosas, seguro que al final te acostumbras a este sitio y con el tiempo papá te dará una habitación de verdad en el pasillo de los criados.
–Era libre hasta hace dos noches, señorita...
Mikka arrugó de nuevo la nariz, era una manía hacerlo cuando algo no le gustaba o le resultaba extraño, en ese caso ambas.
–Aquí me llaman todos Mikka, tú también puedes llamarme así –aseguró esta acariciando su mejilla con gesto maternal–. Nuestros criados están muy a gusto aquí, seguro que en un par de días te acostumbras.
Los ojos de Xiel centellearon.
–¿Y si no quiero? ¿Y si quiero volver a mi vida? Mikka, vuestra hospitalidad es de mi agrado pero no encajo. Ni siquiera al señorito Nash le gusto...
–Nash es idiota –suspiró Mikka haciendo una mueca–. Es demasiado básico para entender que todos vosotros sois personas igual de valiosas que él o nuestro padre.
En eso tenía razón, Nash no comprendía la importancia de las personas, no había nacido para ser empático como su hermana. La opinión era compartida por parte de Xiel, sin embargo, seguía en su idea de irse para poder desempeñar su función, la segunda luna aparecería en el cielo pronto gracias al frío invierno en el que estaban. A pesar de esto, se frotó la cara y ojos con el puño de su camisa mientras se ponía en pie, tenía que seguía adelante y no encariñarse con esa familia tan efímera para él.
–Tengo que irme a cuidar de los caballos –dijo algo incomodo mientras se ponía en marcha.
Mikka había observado sus movimientos con curiosidad, era extraño, lo sabía e intuía aunque no lo entendía del todo. Antes de que se fuera cogió su mano y le entregó un paño que envolvía un poco de queso y una hogaza de pan.
–No has almorzado... Espero que te vaya bien en tu primer día –sonrió muchacha.
Xiel asintió y se guardó la comida en el bolsillo del pantalón. Luego siguió caminando sin rumbo fijo, tambaleándose un poco hasta que llegó al establo y desapareció de la vista insistente de Mikka.

***


La noche había caído como un manto estrellado. El joven Xiel volvía a estar en el lago bañándose sin importarle el frío. Su cuerpo se estremecía mientras observaba el cielo, la luna amenazaba con aparecer, un día menos en su vida. Silenciosa era la brisa que cantaba, silencioso era su espía. Mientras ella nadaba los ojos verdes se abrían y ambos corazones palpitaban de distinta panera. Xiel, el joven de la luna, pensaba en su muerte cercana, mientras, los ojos verdes observaban la belleza oculta bajo ropas holgadas.

domingo, 11 de enero de 2015

Día 1.


El sol amenazaba con quemar los finos párpados de Xiel mientras este despertaba de su ensoñación. Por un segundo creyó que todo lo que había pasado en la noche se trataba de una pesadilla pero al verse entre esas cuatro paredes, con ropa limpia y sin poder huir la verdad cayó sobre sus hombros como una llovizna fría. Se puso en pie rápidamente y sintió vergüenza, estaba claro que esa ropa no le pertenecía y que dejaba que su silueta se pudiera intuir. Xiel estaba delgado, apenas comía todos los días, su cuerpo se había quedado reducido al de un joven, casi niño. Tampoco ayudaba que sus rasgos fueran tan delineados y significativos. Limpio y lavado parecía otro y eso causaba terror en su interior.
No sabía qué hacer en ese momento, saltar por la única ventana no era una opción válida. La luna se escondía tras la luz del sol pero él sentía la atracción magnética que causaba en su ser y como el tiempo le consumía poco a poco. Le quedaban veintiocho días, solo esa diminuta cifra y su cometido se habría acabado antes de empezar. Maldijo en sus adentros mientras arreaba una patada a una pata de la cama haciendo retumbar esta y alertar a sus sentidos del dolor. Sentía, volvía a sentir y eso le preocupaba, tenía que darse prisa o sería tarde para todos.
Tras recorrer cada rincón de la habitación se sentó en la cama e intentó pensar con sensatez, tendría que escapar y no tenía intención de volver a ser capturado, de todas maneras el tiempo corría en su contra y necesitaba empezar la labor antes de que fuera demasiado tarde. Pensando y maquinando sobre su huida escuchó como la puerta de madera hacía ruido cuando se abría. Miró su ruta de escape y vio a una mujer algo mayor y rechoncha con cara afable.
No se fiaba, no le gustaban los desconocidos por si querían hacerle daño, había arriesgado toda su vida y había cambiado demasiadas cosas como para volver a tener esas ataduras que condicionaban su recién arrebatada libertad. Se puso en pie para estar preparado para huir, pero no pudo, la mujer le detuvo colocando una mano en su frente y tranquilizándolo por completo. Solo pasaron unos minutos cuando se vio de nuevo libre de su embrujo, estrechó los ojos para poder averiguar qué hacía cuando vio de nuevo la sonrisa de la mujer.
–Sin fiebre puedes bajar a desayunar –informó sonriendo–. Hay que trabajar, eres de los mayores aquí y necesitamos toda la clase de ayuda posible.
Desarmó al muchacho en cuando las tripas de este demandaron alimento. Se puso colorado y bajó la cabeza. Aunque no le gustaba la parte de ayudar, la primera le llamaba a gritos y quería comer algo, necesitaría fuerzas para intentar escapar en algún momento de la mañana. La mujer salió de la pequeña habitación y le indicó con el dedo que siguiera sus pasos.
No tardaron mucho en bajar a la primera planta y entrar en un gran salón. A Xiel le horrorizó la imagen de todos esos niños pequeños. Cada cual estaba más delgado, más apagado, menos sonreía y más lloraba. Eran niños sin familia, como él, pero de lejos tendrían su misma suerte. Cuando quiso darse cuenta estaba sentado entre un grupo de chicos de doce años, seguramente los mayores que nadie había querido adoptar y no le extrañaba. Los humanos querían que sus futuros hijos fueran agradables a la vista y estos no eran muy refinados, tenían algunos problemas de psicomotricidad y comprensión en el lenguaje. Él no se parecía a ese grupo, salvo en que no tenía padres que fueran a sacarle de allí antes de la próxima luna nueva, tenía que idear un plan.
Comió un par de cucharadas del cuenco con copos de avena pero se sintió tan mal al ver que los demás niños ya habían acabado sus raciones por lo que les dio también su parte, tampoco es que estuviera demasiado bueno al paladar. Sintió en ese momento como alguien colocaba una mano sobre su hombro y se sobresaltó un poco al ver a una muchacha, más o menos de su edad por lo que se sorprendió.
–Eres la primera que les da algo de comer extra –informó con cariño–. ¿Cómo te llamas?
Dudó, por un segundo no supo si decir su nombre a la ligera y cerca de tantas personas le traería alguna seguridad extra.
–Xiel –respondió despacio–. Amnixiel.
Ella arrugó la nariz. En verdad la chica no era fea, no fue hasta que vio su problema cuando se dio cuenta del porque no era adoptada. Tenía la pierna totalmente destrozada, algo había cortado su piel y esta había sanado de cualquier manera dejando cicatrices profundas. Además, llevaba una muleta fabricada con un palo que sostenía su fino cuerpo. Nuevamente la humanidad dio asco a Xiel, por negar a esa chica un hogar mejor que un orfanato, solo porque tuviera una pierna así no dejaba de ser persona.
–Xiel es un nombre bastante masculino –opinó volviendo al muchacho a la realidad–. Para ser una chica tienes un nombre muy raro.
Ella había acabado de hablar con la palma de la mano de Xiel en la boca, entorpeciendo su última frase. Rápidamente se había levantado hasta quedar a su altura y mirar sus ojos azules oscuros. Era verdad, mirando a la pobre chica coja y a Xiel no había mucha diferencia. Tenían la misma altura, rasgos parecidos y manos pequeñas que serían casi imposibles de alcanzar si fuera un hombre de verdad. Tenía pecho, aunque debido a su falta de alimentación y nutrientes no se había desarrollado lo suficiente como para sobresalir como el de la chica. Su pelo era corto, a diferencia del de cualquier mujer que habitaba en la ciudad.
Xiel tenía una buena razón para ocultar su feminidad bajo una capa de ropa y pelo masculino. La humanidad trataba a las mujeres como objetos y una chica callejera sin padres para protegerla no duraría ni dos días en la calle dada su condición. Los violadores se fijaban en los vestidos, en las tallas pequeñas y cabelleras largas, Xiel no tenía nada de eso.
–No se lo dirás a nadie –susurró Xiel en voz baja, recuperando el tono femenino que había dejado de usar con el tiempo–. No deben saber que soy una mujer.
La maltrecha huérfana asintió con los ojos muy abiertos y luego Xiel apartó la mano evitando su mirada. Así no estaba seguro, tenía que parecer un hombre a toda costa y más si quería salir de allí.
–¿Xiel es tu verdadero nombre?
–Ciara, me llamo Ciara pero ya he dejado de usar ese nombre –respondió Xiel negando–. ¿Cómo te llamas tú?
–Evangeline. Siento si te ha molestado que dijera algo fuera de lugar, creía que no importaba –murmuró la muchacha.
Xiel suspiró, tampoco la conocía para culparla. Alzó la mirada hasta que sus ojos marrones y los suyos azules se encontraron. Era extraño, él no confiaba en ninguna persona y tenía que salir de allí.
–¿Hay alguna manera de huir? –preguntó al cabo de un rato, mirando a su alrededor y asegurándose de que nadie les prestaba atención–. Tengo que salir de aquí.
Evangeline se mordió el labio, sabía algunas maneras de escaparse pero ella jamás había querido salir del sitio que le había dado comida y cama durante tanto tiempo mientras que la humanidad le había tachado de leprosa. Miró a Xiel, este parecía un hombre a pesar de tener el mismo género, si no fuera una mujer temblaría de miedo a que pudiera hacerle algo. Siempre había creído en la maldad de los hombres, ni siquiera se acercaba a los chicos mayores del orfanato para estar seguro, o sentirse así.
–Cuando vienen las personas a adoptarnos –respondió dudosa–. Doña Sol y Doña Luna están pendientes de librarse de algún niño..., pero hay muchos adultos. Salir es complicado si no te adoptan.
El muchacho ya estaba pensando como escapar. Había un tiempo en el que las personas podían entrar y eso significaba que también podrían salir con o sin niños. Sonrió a Evangeline y luego salió del comedor. Necesitaba pensar con calma y asegurarse de que no iba a fallar.

***

La tarde se cernía lentamente sobre el orfanato. A esas horas todos los niños vestían sus mejores ropas y se debían comportar lo mejor posible para que los adultos que pasaban por allí les dieran una casa, o dinero para seguir manteniendo el edificio. Evangeline había explicado a Xiel que en verano las adopciones se hacían en el patio trasero y que había tenido suerte si quería escapar, en el hall había mucha más gente y podría pasar desapercibido si quería escaparse de esa jaula que mantenía con vida a muchos. El edificio contaba con un gran pasillo que justamente conducía a la puerta abierta, la salida y su nueva libertad. Todos los niños hablaban con los adultos y estos hablaban entre ellos sobre adopciones o limosnas, a veces traían algunos dulces que los más pequeños agradecían y se llevaban a sus pequeñas bocas melladas.
El grupo de los niños mayores no era muy visitado, salvo por las cuidadoras que les pedía comprensión y eso a Xiel le ponía enfermo. Un niño no tenía culpa de estar allí metido a traición después de que sus padres no quisieron cuidarlos, algunos fueron arrebatados de sus familias y las recordaban con dolor. Él, sin embargo, no tenía padres, nunca había tenido y tampoco iba a empezar a tenerla ahora que su momento llegaba.
Calculaba las personas que entraban y salían, así podría aprovechar el momento de mayor bullicio para salir con un grupo de gente. Se hubiera llevado a Evangeline pero ella le había pedido que no, quería quedarse y cuidar de los niños más pequeños para que algún día no corrieran su misma suerte, entonces Xiel se había sentido conmovido y quiso abrazarla para darle ánimos, pero no era el momento.
–Volveré algún día a visitarte –prometió el muchacho mirando las personas, algunos traían niños consigo y le pareció que elegían un juguete con el que entretenerlos–. Algún día esto cambiará para ti también.
Ella sonrió cuando vio que su nuevo amigo se ponía en marcha con la cabeza baja y las manos en los bolsillos. Iba cerca de un grupo de gente acomodada, nadie se hubiera fijado en él si hubiese logrado salir. Pero no lo consiguió, su cuerpo menudo chocó contra otro más fuerte y alto. Cayó al suelo aturdido y miró hacia arriba preocupado porque su plan de escape había resultado fallido por un simple choque de un chico de ojos verdes.
Ambos se miraron durante un segundo y el rubio con pinta de niño mimado chasqueó la lengua y miró a una muchacha rubia con sus mismos rasgos que estaba a su lado y se había reído disimuladamente.
–¿Ves por qué no quería venir a este cuchitril? –dijo fríamente mientras la chica ponía una mano sobre su hombro.
–Nash, tranquilo.
Xiel permanecía en el suelo petrificado. Sentía calor en las mejillas mientras miraba al chico que había noqueado su escape únicamente con su cuerpo y sin darse cuenta. La ira se coló poco después en su cuerpo y se puso en pie lentamente antes de ver como un hombre algo mayor, con sombrero y traje se acercaba a los dos jóvenes casi idénticos. La intención de Xiel fue alejarse, aún estaba a tiempo para huir de su destino encarcelado en ese edificio viejo, pero se quedó petrificado de nuevo al sentir la mirada de ese hombre sobre él mismo.
–¿Este muchacho también es uno de los huérfanos? –preguntó lentamente.
–Padre, no pierdas el tiempo con niños mugrientos -replicó Nash negando–. Vámonos, aún tenemos que comprar los regalos.
El hombre no hizo caso a su hijo y siguió paseando la mirada por el cuerpo de Xiel, examinando cada centímetro. Esa familia había ido para encontrar un mozo, todos los años se llevaban un niño del orfanato y lo criaban para que fuera su criado. El hombre había estado examinando y ese ejemplar de humano le gustaba, era mayor por lo que podría cuidar bien las cuadras y caballos. Miró a sus hijos un segundo y luego cogió a Xiel del brazo.
–Te vendrás con nosotros, nos serás de mucha ayuda –declaró sonriendo malévolamente mientras se acercaba a las cuidadoras.

***
Una tarde entera tardaron en explicar a Xiel su nueva labor. Se encargaba de cuidar a los caballos, debía convivir con ellos en el establo y tenerlos listos cada mañana para las clases de los mellizos. A lo largo de las explicaciones su mente había divagado hacia el bosque, estaba cerca y podría huir en cuanto su nuevo "padre" confiara en él lo suficiente. También estaba el lago, cuando lo vio tan cerca de las cuadras supo que allí pararía la mayor parte de su tiempo libre, supuso que ningún niño mimado se atrevería a meterse en el agua por las noches y espiarle. En cuanto a sus horarios para comer eran pocos y cortos, comería con los demás criados o en la cuadra cuando tuviera cosas que hacer. No recibiría dinero hasta que sus cuidados dieran resultados en los caballos, esos seres que maravillaron a Xiel nada más entrar.
Tras toda esa charla había comido y conocido a la vieja cocinera que se llamaba Ginna, le trataba bien y parecía agradable, como la abuela que nunca tuvo. Tras esa pequeña comida de bienvenida volvió a su cuadra y abrió la puerta de la única habitación utilizable. No era muy grande pero tenía ventana, una cómoda, la cama de paja y una puerta que daba al exterior. Supuso que se trataba de una cuadra reconvertida. No le dio mucha importancia, necesitaba descansar ahora que la luna empezaba a recuperar fuerzas para brillar en el cielo.
Fue hasta la comida y la abrió dejando ver distintas prendas y una toalla enorme y clara. Tenía un uniforme, no le agradaba ir todos los días igual vestido, pero era un mozo de cuadras y le habían mandado comportarse como tal por el momento. En ese instante cogió una camiseta enorme y blanca, la toalla y salió por su puerta personal. El lago estaba a pocos pasos, la luna no existía todavía en el cielo pero necesitaba ese baño y tranquilizarse. Se aseguró previamente de que no hubiera nadie y luego se desvistió dejando la ropa sobre una piedra, la toalla sobre una rama y se lanzó al agua helada del lago.
Él no era capaz de distinguir temperaturas, el agua fría de invierno era templada en su cuerpo y purificaba su piel lentamente mientras dejaba que todo fluyera de nuevo. Se quedó flotando mirando las estrellas, preguntándose cómo era posible que hubiera acabado allí después de toda su lucha. Cerró los ojos y se imaginó el último día cuando el cielo volviese a estar así de negro, tembló. Temía ese día con toda su alma, pero llegaría al final porque no era capaz de cambiar el ciclo lunar conocido desde el principio de los tiempos.
Se sumergió un par de veces hasta lavar todo su cuerpo y luego salió envolviéndose en la toalla lentamente. Su cuerpo sintió el calor procedente del algodón, pero no era más que una vaga sensación de lo que pudo haber sido en su momento. Cuando su cuerpo estuvo seco completamente se puso la camiseta y comprobó que le venía tan grande como había imaginado. Recogió sus cosas y volvió a la habitación tras contemplar el bosque unos minutos y pensar en su nueva huida. No era libre, pero tampoco estaba encerrando entre cuatro paredes, tendría que bastar por el momento. Dejó la toalla en un gancho de la pared, colocó su ropa en una banqueta que encontró y se tumbó en la cama. Esta estaba recubierta de tela, rellena de paja fina y cálida. Se hundió con su peso y luego se echó por encima la manta que había allí. Se hizo un pequeño ovillo y observó el cielo, desde allí podría ver la luna cuando estuviera en lo alto y desde allí podría contar los días que le faltaban para el final.

Día 0.



Libertad. Esa era la palabra preferida y más usada por la humanidad, pero carecía de sentido, nadie era libre totalmente y tampoco podría serlo, la vida estaba ligada a la muerte desde el momento de la concepción y alumbramiento.
Con el tiempo, un sinónimo de esta palabra fue el sexo, según con cual se naciera eras más libre. En las calles era seguro andar si eras un hombre, los violadores no sentían gran aprecio por los chicos jóvenes que andaban a altas horas de la madrugada vagando por las frías calles nevadas. Nadie se fijaba en alguien con el pelo corto, contribuía que su ropa estuviera deshilachada y sucia por el paso de los días en la calle, pero eso no importaba al muchacho que corría contrarreloj por su vida, buscando que una libertad efímera.
Su vida se había limitado a huir de las personas que querían meterle en un orfanato puesto que era huérfano y no tenía a nadie, pero él no quería tenerlo, no necesitaba una familia para cumplir sus objetivos y no tenía tiempo que perder con gente que nunca adoptaría a un chiquillo de quince años, solo estaría dentro de esa institución mugrienta durante un año hasta que con la edad de dieciséis le mandaran a buscarse la vida, pero ¿no era eso lo qué ya hacía? Vivía en la calle, comía de la calle, de las sobras, dormía en rincones oscuros y su cuerpo se adaptaba a los distintos cambios estacionales. Nadie podría contra él, hasta esa noche.
La luna nueva dejaba que la oscuridad engullera todo, su fuerza le debilitaba y hacía que todo su cuerpo se ralentizara. Los días así solía esconderse para dormir, no se movía hasta que la luna volvía a ofrecerle cobijo con su luz, pero ese eclipse le pilló en una de las grandes calles concurridas de la avenida y con ello se encontró a la policía que se encargaba de los niños de la calle. Él se vio atrapado por un par de hombres y rápidamente fue llevado a un orfanato. Le creyeron enfermo y moribundo debido a su piel blanca y sus ojeras, aunque la ropa y olor no daba la sensación de lo contrario.
Tras tomarle las constantes le dejaron en una pequeña habitación con un barreño con agua tibia y algo de ropa holgada que podría utilizar. Allí la luna era inexistente y su cuerpo apenas reaccionaba mientras se lavaba y cambiaba asegurándose de que estaba totalmente tapado y que su pelo corto de color oscuro estaba desordenado. Al cabo de un rato alguien llamó a la puerta y le condujo a su nueva habitación, estaba solo y recluido por si tenía alguna enfermedad, lo prefería así esa noche.
–Aquí estarás hasta mañana, Xiel –informó la mujer sin mucho ánimo y alejándose para no contagiarse de lo que pudiera tener el muchacho. Este entró tranquilamente pasando por su lado y se dio la vuelta para mirarla, entonces sus ojos castaños brillaron un segundo mientras ella observaba sus finas facciones–. Será mejor que no estés enfermo si quieres que alguien te adopte.
–Como si eso fuera posible –dijo Xiel suspirando.
La puerta se cerró tras la mujer y se escuchó como la llave giraba en la cerradura. Xiel fue hasta la ventana y observó que no podría saltar. Miró el cielo con todas las estrellas brillando con fuerza, sin luna que le diera cobijo y una lágrima cayó de su mejilla mientras pensaba en su libertad arrebatada por la fuerza gracias al influjo de la luna que le hacía débil ese día.
Lloró hasta que se quedó dormido en el alfeizar, con el rostro claro recuperando color. Pero su tiempo ya había quedado marcado con su debilidad. Sabía que le quedaba un ciclo lunar y que los días estaban en su contra, totalmente encerrado no podría luchar contra la gran catástrofe que estaba por suceder una vez más.